Collado: La maldición de una casa de comidas / Carles Armengol

Vaig llegir alguna cosa d’aquest llibre i me’l vaig demanar en prèstec, com faig sempre i un dels motius que explica perquè la meva pila de llibres per llegir no baixa ni a la de tres (sí, ja sé que la manera seria no afegir-hi llibres, jo també he arribat a aquesta conclusió).

El Collado és el bar familiar, un bar com els de tota la vida, una casa de menjars, un bar dels de sempre amb una família adossada i els seus parroquians. Un bar a Collblanc, a la part del barri de l’Hospitalet que limita amb Barcelona, un bar de treballadors en un barri treballador. I un bar amb les seves històries i el seu caràcter, per què la gent hi va? Una mica ho explica al pròleg Albert Valle:

Han venido, como yo, a olvidarse un poquito de sus problemas, de sus vidas; a evadirse en este marco de convivencia donde cada cual (unos con más talento, otros con menos) conjura durante un lapso de tiempo los demonios de su cotidianidad. Desde el señor de larga, tranquila y risueña barba blanca al que siempre da gusto saludar, hasta aquel pobre diablo de rostro deshecho y nariz ígnea que acaba de abandonar el establecimiento con paso incierto.

El bar té una història que no és original, que és la mateixa que la de molts negocis que han anat passant per una família al llarg de generacions.

Malaga bar

El Collado llegó a la década de los setenta como negocio de alquiler, cuarenta y dos años después de mis bisabuelos. La familia se desprenció de la parcela donde se ubicaba el refugio y la pensión, y el huerto se convirtió en un comedor cubierto por un techo de uralita. Mi padre pasó de vivir en la planta de arriba a instalarse con mi madre en un piso situado a dos calles del bar. Ahí empezó la historia de la tercera generación de Casa Collado. La historia de Rafel, Isabel y sus tres hijos.

Però al final, tenir un bar acaba esdevint una manera de viure, i no gaire bona, si jutgem pel títol. L’autor és del 1981, és de la meva generació (jo sóc del 1977), i una cosa que ha canviat moltíssim és el tema del tabac. Ras i curt: es fumava absolutament a tot arreu, sense manies de cap mena, fumaven metges metre passaven consulta o mestres fent classes a nanos de primària, per fer-nos una idea.

Apestar a tabaco formaba parte del día a día. El olor que desprendían las personas dependía del tejido de su indumentaria, de lo caprichosas que fuesen sus glándulas sudoríparas y de si fumaban tabaco rubio o negro. Por aquel entonces el mundo era incomprensible sin tabaco.
Las paredes y el techo del Collado estaban amarillentas por el humo. Cuando el espacio se convertía en algo insalubre, mi padre salía disparado de la cocina para abrir la puerta de entrada y liberarnos de la nube tóxica. A partir de ese momento, comenzaba la cuenta atrás que daría el pistoletazo de salida a una breve pero intensa pelotera entre mi padre y algún cliente:
—¿Podéis cerrar la puerta, por favor? Es que hace mucha corriente —decía algún anciano, sujetando la cuchara con sus dedos ambarinos.
—Pues si quieres fumar lo haces en la calle o en tu puta casa, que vamos a morir todos asfixiados, ¡me cago en Dios!

Smoke

Les malalties mentals, tot i el retrat potser massa benèvol que se’n fa aquí jo crec que ara hem guanyat, almenys en coneixement, en saber el que són.

Existe una delgada línea que separa la enfermedad mental de la locura. Recuerdo mi niñez como la época dorada de los tarados. Vivía rodeado de majaras. No eran esquizofrénicos, bipolares o depresivos, ni padecían trastornos de personalidad paranoica. Eran nuestros locos del barrio, cuerpos que deambulaban de aquí para allá sin un rumbo fijo. Cuando te cruzabas con uno de ellos por la calle te dabas cuenta de que no había nadie al volante. Su mirada abducida penetraba en tu cerebro hasta atravesarlo como un punzón bien afilado.
Eran personas muy queridas. Si alguno entraba a la panadería, lo recibían con un chusco de pan o un huevo Kinder.

Un bar és una no-zona en alguns aspecte, en un bar hi ha molt carrer, i els bojos del carrer hi entren, d’una manera pràcticament familiar.

Antonio lidiaba con dos grandes problemas en su día a día: ALCOHOL y VOCES EN SU INTERIOR.
Era imposible tener una conversación con él. Hablaba a tres mil revoluciones. Cuando le preguntaban algo, se hacía imposible descifrar si estaba contestando o discutiendo consigo mismo, como si unos demonios diminutos estuviesen sentados en una mesita de camping sobre su hipotálamo fumando como carreteros y charlando muy fuerte. Parecía un pájaro loco con su verborrea, mirando a todas partes menos a los ojos que tuviese delante.

Un bar dona diners. És una d’aquelles coses que sempre s’ha sentit dir, un bar dona, això sí demana fotre-hi hores, moltíssimes hores. No sé si encara és veritat, probablement sí, i potser aquesta dedicació que demana està fent que la majoria de bars passin a mans de ciutadans xinesos que sembla que no tenen problema a treballar totes les hores del món, almenys ara mateix.

Cada vez que se repetía una situación de este tipo, un popurrí de pensamientos centrifugaban en mi cabeza a tres mil revoluciones por minuto. ¿Por qué cojones nunca podía estar con mis amigos más allá del horario escolar?, ¿por qué los padres de mis amigos podían ir a ver a sus hijos y los míos no?, ¿todo era culpa del bar?, ¿por qué tenía que pasarme el día rodeado de viejos perturbados y señoras alcohólicas? ¿Por qué demonios mis padres y hermanos tenían que trabajar en fin de semana?

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Aquesta dedicació aquest estar lligat al bar… no és agradable, sobretot quan ets un nano que no ha triat aquesta vida. És una feina sacrificada però sembla que els seus pares l’han triada (potser no hi havia gaires opcions més) però ell només la pateix.

Durante muchos años me estuve preguntando cómo hubiera sido nuestra vida si, por un capricho del destino, mi padre hubiese heredado propiedades, tierras y cuentas corrientes cargadas de dinero, en lugar de un negocio de alquiler. Qué tipo de personas seríamos sin las cadenas que nos mantenían atados a la dependencia del Collado. Pasaba horas y horas fantaseando con una familia que no era la mía, con un padre cariñoso que mostraba sus sentimientos estrujándonos entre sus brazos, con una madre feliz por cenar con todos juntos en casa siempre a la misma hora y con unos hermanos liberados del mismo odio que se estaba gestando en mi interior.
Mi padre decidió seguir con el negocio y aceptar las consecuencias que ello acarreaba, a sabiendas de que eso supondría entregar a su mujer y a sus tres hijos a la orden y servicio del Collado.
Dentro de mí se estaba cociendo un odio a fuego lento.

Treballar al bar era una feina que podia ser de servir taules o, si la cosa anava fluixa, dedicar-se a l’espionatge.

Si por el contrario no había mucho trabajo, me mandaban a hacer La Ruta. Esta consistía en acercarme por los otros restaurantes de menú que había alrededor para ver cómo les estaba yendo el día y, sobre todo, para comprovar si alguno de nuestros clientes habituales nos estaba traicionando.

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Pot semblar una mica repetitiu el tema de la queixa constant, però aquests bars familiars eren molt normals i funcionaven bastant així, amb els fills aprenent i practicant l’ofici des de ben petits perquè és el que toca.

En los quince años que estuve ayudando en el Collado mis padres nunca me enseñaron que tras un trabajo realizado hay una recompensa económica. Jamás me dieron una semanada con la que instruirme en el complicado arte del ahorro, ni unas tristes monedas del bote con las que aprender a gestionar mi propio dinero. Lo que aprendí fue que ayudar en el negocio familiar suponía una relación comercial que, con la testosterona por las nubes y unas ganas locas por follarme el mundo, no me parecía justa. “Ya te lo cobras con colegios privados y una casa donde dormir y comer caliente”, repetía mi padre para recordarme que nuestra relación se basaba en el beneficio mutuo: ellos ganaban mano de obra para el negocio y yo formación académica, cobijo y un plato de comida.

Las discusiones con mis padres se convirtieron en una constante. Me sentía como un recluso dentro de una cárcel llamada Collado, y rafel (el poli malo) e Isabel (la poli buena) eran los funcionarios que ejercían con dureza el poder del estado opresor.

Més enllà de la queixa, comprensible però avorrida, el llibre és un repàs de tots els personatges que poden arribar a desfilar per un bar, i havent-hi passat pràcticament la vida els ha conegut a tots, els alcohòlics, els lladregots, els ionquis que es punxaven al lavabo, els que volien marxar sense pagar… El repertori complet de la fauna de bar, una fauna que també inclou els de l’altra banda de la barra.

A todas las personas que, de un modo u otro, pasaron un tiempo trabajando en el Collado, jamás se las trató como a empleados. Para bien o para mal, formaron parte de una casa de comidas y no de un restaurante, un gastrobar o una empresa gastronómica. Si bien es cierto que no supieron marcar unos límites claros en la dinámica de trabajo y en los roles de cada uno, por otro lado, consiguieron crear una relación laboral humana, más allá de términos como “rendimiento” o “capital humano”.
Por allí tuvimos individuos desconocidos que, de la noche a la mañana, pasaron a ser hermanos, amigos e hijos del Collado. Algunos acudían a nosotros huyendo de algo, otros entraban perdidos, buscándose a sí mismos. Fuimos conociéndolos con sus más y sus menos, potenciando la luz que brillaba en su interior y aceptando los demonios que habitaban en su sombra.
Éramos una familia.

Bar Leitaria Nelson

A més a més del mosqueg per estar encadenat al bar un altre tema que va tot soterrat és que els temps canviaven. Barcelona s’obria a una orgia de massificació turística que encara ara no s’ha aturat, l’hosteleria era el gran negoci i tothom volia la seva part. Preus alts, restaurants franquicies que obrien i tancaven i on el de menys era el menjar… Un bar com el Collado començava a quedar desfassat. Tots coneixem Collados, bars que es mantenen fins a la jubilació dels amos que han fet del bar una manera de viure i d’un menú del dia bo i a un preu raonable una religió… cada cop en queden menys. Són feines esclaves que les noves generacions en general rebutgen, i amb raó. El pare veia com canviaven les coses i perdia clientela i esperava una recuperació econòmica que revifés el negoci (era la crisi de 2008), però no arribava aquesta recuperació, i al final es va cansar i va fer tractes amb el senyor Chen que cada cert temps passava pel bar a preguntar si estaven interessats en traspassar el negoci. I així el bar Collado va ser un més dels molts bars regentats per ciutadans xinesos, com un percentatge gens despreciable de bars de qualsevol ciutat.

Quan el llibre abandona la queixa i es centra en els personatges i en l’anècdota guanya moltíssim, hi ha molta cultura de barri proletari, amb llums i moltes ombres, un bar d’altres temps que per a molts dels parroquians era la darrera parada on fumaran i beuran fins que morin o tanqui el bar, el que passi abans. El llibre presenta un retrat entranyable i divertit d’un moment concret de canvi en la societat i models de negoci i en aquesta concepció que el negoci familiar és la vida de la família i rep una dedicació com si fos un sacerdoci. Un temps passat, i ben passat, però que també tenia una part de barri entranyable que s’està perdent (si no s’ha perdut ja del tot). I per cert, algú haurà d’escriure algun dia una novel·la sobre els xinesos i els seus bars, o potser la novel·la ja existeix i nosaltres ni ho sabem.

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