El tejado de vidrio / Andrés Trapiello

Segueixo amb aquesta cosa anomenada Salón de pasos perdidos, a uns 2-3 llibres per any encara en tindré per temps d’aquesta obra d’Andrés Trapiello de la que ja he llegit els dos primers volums.

Veient que el senyor ha ocupat càrrecs a UPyD no descarto que un dia em resulti tan insofrible que no pugui amb ell i hagi de desistir. De moment encara no hi he arribat, no sé si això que ell fa té gaire sentit o no, però la veritat és que escriu bé.

No puc deixar de colar aquí una cosa que no és meva. Alberto Olmos va fer un article comentant el llibre de Trapiello sobre el mercat madrileny d’El Rastro i acaba parlant d’aquests diaris, aquí l’article, la cita és aquesta:

“Al Rastro va la gente, aunque no lo sepa, a buscar su pasado”, escribe Trapiello, que seguro que no ve Mega. Mucho pasado tienes que tener para ir a buscarlo dos mil veces. También es verdad que del presente nuestro autor ha sacado diez mil (sus diarios), como si fuera el mariscal de campo Erwin Rommel, y le pasaran cosas.

La referència al canal Mega ve a tomb del programa ¿Quién da más? I un cop feta una mica de sang passem al llibre. Com sempre el cap d’any i les restes de Nadal són el que omplen les primeres pàgines, sense data que ja ens coneixem i ja sabem per on comença.

Mi padre, cada 24 de diciembre, recuerda el 24 de diciembre de 1937, las trincheras de Teruel, los veinte grados bajo cero, los piojos, y que les dieron un poco de turrón, unas pasas secas y algo de coñac para combatir el frío, que ellos pisaban con alpargatas de esparto sobre la nieve. Mi padre recuerda cada año las mismas cosas, y yo, cada Noche Vieja, a mis hijos les cuento cosas de mi colegio, mi internado, los inviernos leoninos, las pasas secas y aquellas tres figuras de mazapán de Toledo sobre el plato del postre, que era de plástico verde, rayado y blanquecino de haber sido lavado miles de veces con agua y lejía. Yo les cuento esas cosas y cómo el frío anidaba en los sabañones de las orejas y las manos, y cómo muchos chicos, esos días, se perdían por los rincones oscuros del colegio y lloraban desconsoladamente porque se acordaban de su casa. Todo eso es muy deprimente, pero mis hijos me piden que cuente esas cosas, porque se hacen un hueco en mis recuerdos, como entre hojas secas, y se adormecen en ellos.

No ha cambiado nada, no hemos evolucionado nada. La guerra es la misma. Un internado, una trinchera.

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New Year’s Eve ©Sascha Kohlmann. Creative Commons.

Un clàssic recurrent d’aquest autor i d’aquests llibres és sobre els diaris en si mateixos i el fet d’escriure’n.

Llevan diarios dos clases de personas. Estamos en Navidad y en año nuevo, y tiene uno derecho a hacer esta clase de reflexiones, atizar su conciencia para buscar sus cuatro brasas de inteligencia, si las tiene. Dos clases de personas: aquellas a las que no les pasa nada digno de figurar en diario ninguno, lo que podría ser el caso de uno, y aquellas otras que tienen la absoluta seguridad de que las cosas les suceden sobre todo en las páginas de la Historia, que ellas van transcribiendo o trasegando a las de su diario, en un acto que podríamos situar entre la seguridad del mariscal de campo y la soberbia del notario del reino; fue en caso de Azaña, de Churchill, de Napoleón… Quién sabe. Los de Churchill dentro de un siglo los leerán, quizá, los historiadores. Si acaso.

Y los novelistas de ahora ¿por qué no escribiran diarios?

En general los novelistas del día consideran la poesía cosa de personas sin su sexualidad bien resuelta, y los diarios, cosa de poetas, de modo que no es difícil deducir lo que pensarán de los que escriben diarios.

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Diary 51det © Ales Motyl. Creative Commons.

Més observacions sobre el fet d’escriure, poèticament i amb nocturnitat.

Hay una hora en la alta madrugada en la que todos los escritores que permanecen despiertos, trabajando bajo la luz de su lampara, son geniales. Y así ha de ser.

Y otra hora, interminable, eterna, en la que todos los genios fracasan para siempre, sin remisión, pero sin perder un ápice de la grandeza de su genialidad. Y está bien que así sea.

Otra después vuelven a ser como el resto de los hombres: un proyecto de fracaso, y sale el sol y las sirenas de las fábricas parten en dos el día con su larga, ronca, nebulosa e inapelable sentencia.

M’ha fet gràcia la seva experiència a Nova York, hi va anar a finals dels 80, la ciutat ha canviat moltíssim, segur que sí, però segueix tenint alguna cosa que la fa especial.

Según íbamos asomando por la boca del metro, subiendo las escaleras, una ciudad iluminada parecía venírsenos encima. Respiramos ese aire frío de la noche, las calles estaban nevadas, pero las rodadas de los coches habían formado un lodo sucio en los relejes de la calzada, que contrastaba con la blancura de las aceras y las fundas de nieve intacta de los coches aparcados. Fue entonces cuando J. nos invitó a que volvíeramos la vista, y allí, a nuestras espaldas, magnífico, imponente, como una coctelera rutilante, estaba Empire State iluminado. Creo que durante unos segundos se hizo un gran silencio a nuestro alrededor, como si hubiera enmudecido toda la ciudad, y no nosotros.

©Cesc Llaverias.
© Cesc Llaverias.

I més NY:

La escala de la ciudad es, por otra parte, tan abusiva que parece que no quedara en ella lugar para las confidencias. No es como el París de Balzac, la Roma de Stendhal o el Londres de Dickens. No es el San Petersburgo de Tolstoi. Supongo que es como en las películas: En NY están separados más que en parte alguna el ámbito de lo privado y lo público. Lo privado sucede siempre en los interiores, en apartamentos cerrados, en restaurantes, en casas particulares, en museos. Lo demás es tránsito.

Un llibre així necessariament no té una trama o una historia, poquíssimes vides farien una bona novel·la, almenys sense fer trampes, tenir una vida de novel·la i capacitat per narrar-la és encara més extraordinari. Aquest no és el cas, però el llibre es llegeix de gust, i de tant en tant ofereix moments memorables. Em passa una mica com amb els llibres de Josep Pla però amb ell copiaria pràcticament el llibre sencer de lo bé que escrivia.

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little italy © mendolus shank. Creative Commons.

Hemos dado muchos paseos por Little Italy y por Chinatown, y hemos visto el puente de Brooklyn, desde abajo, y la estatua de la libertad a lo lejos… NY nos pareció una pequeña ciudad de provincias, irreal, del novecientos. El cine ha terminado haciendo de esa ciudad algo frágil, como el humo, como los sueños, como unos decorados que se caerán unos sobre otros, tal y como se pliega una caja de cartón vacía o la maleta de un mago.

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Well that’s that… For now anyway. © How I See Life. Creative Commons.

Es la primera vez que le rechazan a uno un manuscrito. Hasta ahora no había habido ocasión: me los editaba yo mismo. Empezaba a desconfiar de mi suerte.[…]

Qué hacer con un no. Un sí te abre siempre un claro, un sí es un cauce. Un no, es un árido y extenso desierto o un laberinto sin salida. Por esa razón me ha parecido bien abrir otro cuaderno. Es una puerta al menos, quién sabe si la que nos conducirá a un desierto o nos sacará de un laberinto.

És normal que en uns diaris d’un escriptor els temes centrals siguin els diaris o en general el fet d’escriure. Que li rebutgin un manuscrit l’humanitza una mica, i això està bé. Perquè de vegades aquests diaris estan ben escrits però en ells l’autor no se’ns acosta, és una sensació estranya en uns textos que haurien de ser necessàriament propers. És com si l’escriptor s’imposés sobre la persona.

Es todo muy confuso. Decimos: escribo para que me quieran, pero no soportamos más de una docena de amigos. Por otra parte, no conozco a nadie valioso que tenga más de esa docena o dos docenas de amigos a lo largo de los años. De modo que no escribimos para que nos quieran, sino para que esos doce o catorce amigos nos quieran más y el resto nos deje tranquilos.

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A cafe-bar in Leon. Spain © Luis Marina. Creative Commons.

La degradación moral es tan grande en esta tierra, que tres decada cuatro de los españoles de por aquí, cuando piensan en prosperidad, piensan en un bar. No un gran bar, sino un bar de esos con el suelo lleno de huesos de aceituna, colillas, peladuras de gambas y conchas de mejillones, un televisor muy grande y una gorda friendo tapas de morcilla en la cocina.

Contemplant els seus fills passant les hores i descobrint jocs, de vegades regits per factors que escapen a la seva comprensió. Ho tanca amb les següents paraules:

Ambas escenas las veo desde mi cuarto, detrás de unas rejas. Y siento que es en realidad cualquiera de mis hijos el que sentado en este mismo lugar, en mi mismo sillón, ve jugar a mis hijos, con la honda, con el mastín, mientras quizá yo no sea para ellos más que un tierno y borradizo recuerdo una o dos veces al año.

Y he trobat aquesta frase, gairebé idèntica a una que vaig trobar a Dovlàtov, és possible que sigui una cita clàssica, hauré d’investigar:

La acción es incompatible con la literatura. O se vive o se escribe. La vida es incompatible con la literatura, que tiene, sin embargo, que meterla entre sus páginas.

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Girl Writing © Rui Fernandes. Creative Commons.

Els diaris de Trapiello… potser quan en porti cinc m’atreviré a fer una primera valoració de conjunt, però començo a intuir una certa sinceritat en ells, hi ha el que hi ha. I sí, és un personatge que moltes vegades carrega i que possiblement es passa de culte i que no acabo d’entendre com es guanya la vida més enllà dels articles, per tenir casa a Madrid, casa a Lleó i omplir-les de llibres es guanya la vida molt i molt bé. D’acord que aquest detall és simplement fer safareig, però són uns diaris i pràcticament no hi ha ni una menció als diners. A mi m’encantaria no pensar-hi gaire gens.

Locuras sin fundamento / Andrés Trapiello

Després del primer volum toca posar-se amb el segon, d’aquesta mena de novel·la en marxa (qualificar-ho com a «saga» no m’acaba de convèncer). No sé si això de posar-se amb aquestes coses té gaire sentit, és una mica de lector suicida em sembla.

Un llibre més comencem per any nou recordant la celebració, i com eren abans les celebracions, religioses i rigorosament serioses i castellanes. I a poc a poc Trapiello ens va ensenyant el seu any, a mig camí del recompte i del agradar-se escrivint, una mica com en Josep Pla, cada cop veig més clara aquesta connexió tot i les evidents diferències. Deixo el comentari més valoratiu pel final, prefereixo posar alguns dels molts fragments memorables que hi ha al llibre, no hi són tots i potser els que hi ha no són els millors, però són els que a mi m’han saltat a la cara quan els he llegit.

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Cuddle-SMPLYR © Mrswagger3, Creative Commons.

M. dejó su cabeza sobre mi hombro y se durmió acurmeada, con las piernas encogidas. Se había abrazado a un pequeño cojín que apretaba contra las costillas como para entrar en calor. Yo mismo me quedé dormido un rato. De pronto nos sobresaltaron los bocinazos de un coche. Nos despertamos desconcertados. Alguien venía por la calleja. Pusimos atención y al comprobar que pasaban de largo, respiramos tranquilos. No era tanto por la hora. Ni siquiera porque no hubiéramos sido capaces de sumarnos a una pequeña fiesta inesperada. Temíamos únicamente que aquel interior se fuese a romper. No se puede vivir fuera y dentro al mismo tiempo, hacia adentro y hacia afuera.

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Nichos © Daniel Lobo, Creative Commons.

Cuando imprimíamos los libros de Trieste fuimos alguna vez V. y yo al cementerio de Torrejón, que será el más lamentable cementerio que haya uno visto nunca, y que estaba junto a la imprenta. Íbamos para distraernos un poco. Con eso está dicho todo. En aquel cementerio las flores de plástico olían a colonia de puta y aunque llevaran allí cinco o seis años no habían perdido ni un átomo de ese perfume. Eran flores de un morado y un rosa inefables para nichos que tenían el mármol brillante y recién pulido de los cuartos de baño de los hoteles de carretera.

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Dealing © Seth Sawyers, Creative Commons.

Un amigo lo dice de una manera más gráfica: «Hay quienes tienen nuestras mismas cartas, sólo que las juegan de un modo que a uno le daría un poco de vergüenza».

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Pretty woman © Yann Cœuru, Creative Commons.

Resulta evidente que está acostumbrada a que los hombres le pongan el mundo a los pies, aunque también en la firmeza de su boca se descubría que es de esa clase de mujeres que jamás se irían con ninguno que cometiera la estupidez de ponerse de rodillas para adorarla. No sería extraño que se hubiera casado sólo para ser infiel a su marido. Por cómo hablaba conmigo y con los otros, se conoce que tiene la humanidad dividida en dos mitades: los que la admiran y veneran, y los que no. A los del primer grupo los despreciaba a todos. A los del segundo, a todos también, menos a los que quiere seducir para, una vez seducidos, incluirlos en el primer grupo.

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Shopping for books, Madrid © La Citta Vita, Creative Commons.

Cuando me dejo las riendas sueltas, las piernas, con un instinto bruto, sin quererlo yo, me llevan a la Cuesta de Moyano, pradera de ricos pastos.

Los árboles del Botánico, que no han florecido todavía, tienen todos sus yemas señalando el cielo, lo mismo que las chicas del instituto Isabel la Católica con las que me crucé, que parece que cuando se cruzan con un hombre hacen un esfuerzo torácico para que sus teticas duras de cabra se marquen bajo la blusa, sin quererlo ellas.

En la caseta de X había mucha gente. Es la caseta que yo prefiero. Me gustan los libros baratos. […] El rito es siempre el mismo. Llega el librero temprano con dos docenas de paquetes de libros, folletos y revistas muy bien atados con cuerda de pita, y allí, a la vista de todos, los desata y los va tirando al tablero. Al principio parecen esos peces que sacan los pescadores del mar, jureles, chicharros, bocartes, pegando saltos de mil demonios en el vientre de las redes colmadas. Todo pescado azul, si se quiere, pero muy nutritivo. […] El librero mira siempre nuestros afanes con una sonrisa muy paternal y absolutoria del hombre que se siente no superior pero sí generoso y comprensivo con las debilidades humanas. […] Un día le oí decir que por sus manos había pasado un millón de libros y traté de imaginar cuánto sería un millón de libros, y no lo pude calcular, pues me perdía a la mitad.[…] Me he vuelto a casa con mi compra debajo del brazo, mirando los botones de los árboles, mirando, sin quererlo yo ni quererlo ellas, los botones pimpantes de las adolescentes, y me ha parecido que una cosa que me ha costado tan barata como ese libro viejo me hace feliz, que ya son ganas de creer en algo.

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Club Antennas © Tony Webster, Creative Commons.

He aquí tres imágenes inapelables de la desolación. Una: ese barracón destartalado que encontramos a un lado de la carretera, con un farolillo rojo en la entrada y otros farolitos azules, amarillos, verdes, rojos, colgando de una cuerda floja, entre dos postes pelados, como una guirnalda; la casita blanca con puerta de aluminio y basuras esparcidas alrededor, dos coches viejos aparcados y un cartel, con caligrafía candorosa, en que se lee desde lejos: CLUB.

Dos: el tiovivo de una feria ambulante.

Tres: recorrer el dial de la radio una tarde de domingo y no encontrar sino resultados de fútbol, locutores enloquecidos, quinielas cifradas… Ese sonido de la radio, ese tedio de domingo, ese olor a coñac barato en el aire y punta de puro habano.

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old roses © liz west, Creative Commons.

Me he encontrado esta mañana sobre la mesa una copa con dos rosas, una carta, unos libros y en el rincón, en su marco oscuro de madera, una foto que nos dice deseos de hace años. De la rosa han caído en el mantel pétalos de otras rosas y de todas las rosas, la carta he olvidado de quién, los libros nunca los leeré y en tu retrato no está mi juventud.

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Femme nue © Claude Robillard, Creative Commons.

Ayer o anteayer me desvelé por el mucho calor que hacía en el dormitorio y fui a la cocina a beber un  vaso de leche fría y otra vez oí ruidos en el patio. M. dormía a mi lado como uno de esos desnudos al carbón que tiene Lautrec, a los que el sueño ha soltado un poco brazos y piernas, sin conseguir nunca descomponer el dibujo, que es un prodigio de sensualidad entre las sábanas.

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diary writing © Fredrik Rubensson, Creative Commons.

Por otra parte siempre he tenido en cuenta estas palabras de Unamuno: «y ¡ojo con caer en el diario! El hombre que da en llevar un diario -como Amiel- se hace el hombre del diario, vive para él. Ya no apunta en su diario lo que a diario piensa, sino que lo piensa para apuntarlo», que son palabras más que juiciosas.

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Athens № 4 © Sascha Kohlmann, Creative Commons.

Me gustan las ciudades pequeñas porque han conservado un modo de vida parecido al de hace cien años, cuando incluso las ciudades grandes como París o Roma eran pequeñas. En ellas los hombres tal vez no fueran más felices, pero tenían mucho más tiempo para preguntarse por qué.

El llibre va millorant cap a la part final. Com si aleshores l’autor hagués escalfat el suficient i ja es deixés anar, és la impressió que em dóna. No ho he copiat, però el fragment on explica com (i sobretot perquè) son pare juga al set i mig amb tres persones més que no hi són, tot i això reparteix joc per tots i juga per tots… brillant.

Doncs res, ara el proper serà El tejado de vidrio, si els llegeixo a uns dos o tres per any no trigaré a agafar-lo. També espero que els llibres siguin cada més trobables perquè de moment n’hi ha molts molts poquets a la xarxa de biblioteques (aprofito per dir que si l’Editorial Pre-Textos me’ls vol fer arribar podem arribar a un acord, sempre que no tinguin pressa).

El gato encerrado / Andrés Trapiello

De vegades m’embarco en coses sense saber massa bé per què, llegir obres o sagues és una d’aquestes coses, i quan vaig veure que algú contraposava amb llibres de Knausgård el que està fent Andrés Trapiello vaig pensar que potser hi hauria de donar una ullada, i si decideixo seguir amb la llarga sèrie doncs ja tinc l’etiqueta posada. I això, i que és un diari, i recentment m’interessen els diaris com a gènere, què hi farem!
Ha estat començar a llegir i veure frases fantàstiques, com qui no vol la cosa. I l’autor abandona el tic dels diaris d’encapçalar cada anotació amb la data. Evidentment està editat però manté aquest to que tenen els diaris, com si l’autor ens estigués explicant alguna cosa en una sobretaula (per no fer servir la suada metàfora de la barra de bar).
Buscar libros hay que hacerlo en ayunas, como los verdugos.
Sin escepticismo no puede escribirse literatura. Sin entusiasmo no podría leerse.
Cuando alguno de esos escritores se sube al minarete y empieza a llorar y a gimotear, me extraña que todos seamos testigos indiferentes del espectáculo. Tienen las planas enteras de los periódicos; la televisión donde indefectiblemente aseguran sentirse solos, incomprendidos, marginados; les editan y les traducen. Para tenerlos contentos los premian. Si encima se van a la cama regularmente con sus amantes y no tienen el hígado podrido, ¿de qué se quejan? ¿Por qué lloran tanto?
Dicen que leer dietarios, memorias y correspondencias es prueba de civilidad y cultura. Una porra. El que crea que la población va a comer más mantequilla y va a ayudar con más frecuencia a pasar la calle a los ciegos por leer a Madame de Sevigné, va aviado. Una de las pocas personas que conozco que haya leído íntegras las cartas de la Sevigné o los centones de Hawthorne o los taccuini de d’Annunzio, lleva mas de veinte años en un trabajo gris y kafkiano. Ahora le tienen de negro en un ministerio, a pesar de que es un escritor de primer orden. Hace informes de proyectos escritos por subnormales, toma café todos los días con administrativas y secretarias que llevan las uñas mal pintadas y cuando llega a casa es el menos civilizado de los hombres. Mataría si supiera cómo. Asesinaría si supiera a quién.
© Cesc Llaverias
A veces oímos que éste o el de más allá llevan un «Diario». Para algunos los «diarios» son las comisarías donde van a delatar o la checa donde presiden sus ejecuciones particulares.
Tres folios más, pero ya con pocas ilusiones. He comprendido que el mundo lo mueven gentes como Bonaparte, pero el Código Napoleónico lo escribieron funcionarios como yo, escrupulosos y cumplidores.
El mejor momento del día, sin embargo, vino después, hace un rato, cuando he hecho a mis hijos con esas ocho páginas una flotilla de avionetas que volaban de maravilla.
Todos los que ven esas películas se ponen melancólicos porque quisieran fracasar como Bogart en Casablanca para vivir como Bogart en Estados Unidos.
Tot el llibre està farcit d’observacions agudes retratades amb frases brillants. Tant i fa de que parli, en això em recorda a en Josep Pla.
Porque desengañarse de la victoria, como Ridruejo, es algo al alcance de cualquiera con dos dedos de corazón. Lo difícil es olvidarse de la derrota.
A veces me he encontrado con alguien más o menos famoso que dice: «El Quijote» es un tostón. Yo por eso no me ofendo nunca. Al contrario. Sabe uno mejor con quien está tratando.
Algunos creen que la vida no está en los libros. Yo diría que no está más que en ellos: en el Quijote, en Fortunata, en Guerra y Paz, en La Tempestad, en los Cantos. ¿Dónde, si no, está la vida? ¿En la misma vida? Nada hay que se contenga a sí mismo, nos dice el filósofo. Todo lo que de mejor tiene la vida está para que alguien escriba un libro o pinte un cuadro o componga una sonata. Miramos ese esclavo de Miguel Ángel, y comprendemos que es lo único libre, vivo, que ha quedado de aquel tiempo. Eso son los libros: uno de esos lugares donde la vida está a salvo de los sucesivos atropellos.
Aquest fragment em sona perquè si fa no fa jo també he fet números:
Yo tengo echado el siguiente cálculo. Leo todos los días unas dos horas, lo que se dice leer, no trabajar. Soy de los que no lee deprisa: más o menos tardo en leer un libro de unas trescientas páginas unas seis horas, si la cosa se da bien, lo que supone al año  unos ciento veinte libros. Suponiendo que me queden cincuenta años de vida, dejando el cálculo largo, dispongo de unas 36.500 horas de lectura, sin perdonar un solo día. Eso quiere decir que en lo que me queda de vida sólo podré leer unos 6.000 libros. Todo lo que sobrepase esa cantidad se quedará sin leer, al menos por mí. Sin tener en cuenta que mucho de ese tiempo lo dedicaré a las relecturas de libros de 1.000 páginas. De modo que qué hago yo con casi 10.000 libros en casa. Resulta de una candidez babélica.
© Cesc Llaverias
La vida de un escritor grande es una vida llena de libros (propios y ajenos) y unos libros llenos de vida. Desconfía de los escritores que presumen de una vida llena de vida (literaria, social, profesional, nocturna, amorosa), porque lo normal es que toda esa vida te la quieran meter en unos libros llenos de literatura, es decir: ilegibles.
No hay nada que no haya sucedido cien veces. No hay libro que no se haya ya escrito. No hay vida que no se haya vivido.
El escritor que no admita esto se puede ir olvidando. Sólo es capaz de escribir algo nuevo el que admite que todo ha sido dicho ya una vez. En la vida hay pocas maneras de pronunciar unas palabras de amor. Querer ser original en ese terreno es de una soberbia estúpida.
A las feministas les molesta que los hombres sólo miren a las mujeres por su belleza y no por su inteligencia. Yo creo que tienen razón. A mí cuando estoy con dos mujeres no me mira nunca la guapa, sino la que va con ella, esa de la que se dice siempre que es muy buena persona, o muy simpática o que tiene unos ojos muy bonitos.
Yo siempre he visto que las mujeres guapas se iban con los hombres más jóvenes y fuertes o con más carreras o con más dinero, que siempre resultaban más divertidos porque tenían más carreras, más dinero o porque nadaban mejor. En cambio no he visto nunca a una mujer guapa mirando por gusto a un mecánico sólo porque ha descubierto en él la expresión de que se pasa las noches estudiando a Leibniz o recitando a Bécquer.
Després de tota aquesta serie d’extractes ja no queda gaire més per dir, crec que amb calma m’aniré llegint aquesta sèrie. Amb calma i tranquil·litat, que també hi ha la feina per trobar els llibres en qüestió que no es van editar abans d’ahir precisament, però amb això entraríem amb el respecte de les editorials pel seu fons i les dinàmiques de mercat que donaria per tot un altre post.