Vivir abajo / Gustavo Faverón Patriau

Llibre que començo després de llegir un article que en parlava bé, a diferència d’altres casos similars aquí el llibre té una extensió considerable, no passarà en un moment, això segur. Amb el temps que he trigat en agafar-lo he llegit més articles (en diagonal per evitar espòilers) i tots coincideixen en deixar el llibre molt bé.

El començo i no pot ser millor. Tinc la impressió d’estar llegint el millor Bolaño, el de Los detectives salvajes i a estones el de 2666. Una mica tema, una mica estil però joder, amb aquestes referències i les primeres 100 pàgines… o això serà una obra mestra o ara anirà baixat i baixant cap a la decepció final, què m’oferirà aquest llibre de Gustavo Faverón Patriau?

I una mica com a Los detectives… el llibre té una primera part breu i després salta a una altra una mica més llarga. D’un suposat i desaparescut cineasta americà (George) embolicat en coses tèrboles a Lima passem a Maine i Mrs. Richards. i de nou George però abans de desaparèixer i abans de Lima, i abans de quasi tot amb son pare que treballa per la CIA a l’Amèrica llatina, i Chuck Atanasio i… la història es desborda i començo a témer si l’autor serà capaç o de contenir-la o de resoldre tots els fronts que se li obren.

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Sunrise © Paul VanDerWerf, Creative Commons.

Lo curioso de esa semana sin Clay es que en ella, es decir, durante su ausencia, comenzaron las dos historias que llenaron mis días de espanto y también de misterio, en el sentido religioso, digamos, más que en el sentido literario, o quizás al revés, al menos por un tiempo, y también de esperanza, por un tiempo más corto, y también de desesperación, por un tiempo mucho más largo, dos historias que parecieron terminar hace mucho, a principios de los años ochenta, casi a la vez, pero que ahora veo que no habían terminado: la historia de los Atanasio y la historia de las novelas anónimas. Las dos tienen que ver con esa otra, la que te ha hecho venir a verme, la historia de George. Por eso es que me detengo a contártelas, para que todo te quede claro, aunque la verdad es que yo misma he perdido la precisión de mis recuerdos. Ten en cuenta que, en 1971, yo era una chica de veinticuatro años, pero ahora soy una mujer de sesentaiséis.

Resumir es fa difícil, no sembla que hi hagi una història, més aviat aproximacions des de diferents angles a un nucli que potser no se’ns acabi d’explicar mai. El misteri es veure si aquest «aire bolañià» es confirma o no, perquè si és que sí la història i l’argument no m’importarà el més mínim, m’ho hauré passar de conya amb el viatge. En aquesta part a més de la bogeria de les novel·les anònimes començarem a veure el George cineasta de que es parla al principi del llibre, i a entendre una mica més d’on ve.

Les històries que s’expliquen, siguin d’on siguin, no estalvien detalls i cruesa i crueltat, a més d’elements que comencem a veure que són recorrents, com aquesta de la segona guerra mundial:

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Boys on a heavenly road, North of Vyborg, 2 July 1944. © Julius Jääskeläinen, Domini públic.

Después el niño cuenta que hasta hace unas semanas estaban obligados a acostarse con los Chetniks que pasaran por ahí, y que había unas viejas que los tenían amarrados a unas tarimas en esa casa de allá o en esa de allá o en esa casita detrás de la iglesia, y que, cuando las tropas de Tito o de la Brigada Pino Budicin o del Ejército Rojo se detenían en el pueblo, las viejas fingían que eran sus abuelas y contaban que todos los hombres se habían ido a la guerra o habían sido asesinados, pero que, cuando llegaban los alemanes o los Chetniks, las viejas recibían comida y agua o petróleo para sus lámparas o leña para sus cocinas y dejaban a los niños en las tarimas y se metían a la iglesia a rezar mientras los soldados hacían con ellos lo que les diera la gana. Hasta que los niños decidieron que la próxima vez iban a matarlos a todos.

—A los Chetniks y a las viejas —dijo el niño, hurgándose una fosa nasal.

Seguirem, és un dir perquè la novel·la no és precisament recta, a més a més de tenir una relació amb el temps complexa, a George que va buscant i investigant i trobant coses sobre son pare. Aquest viatge el porta a diferents països de sudamèrica, tots ells amb passats dictatorials, el primer és Paraguay.

De noche, Asunción parece, más que una cárcel, un cementerio, pero de madrugada, piensa George, parece un manicomio. Un manicomio que, sin embargo, alguien ha declarado inhabitable y hecho desalojar, porque locos no se ven, apenas borrachos y basureros con escobas y recogedores y de cuando en cuando un policía que dormita al pie de un árbol entre el aleteo o el claqueteo de los murciélagos. Frente a la puerta del zoológico circulan gatos y hay como una fibra de óxido en la vereda, como si la vereda fuera de metal y la humedad de Asunción la anduviera desbaratando a dentelladas.

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1294 – Asuncion, Paraguay © andrew campbell, Domini públic.

Tancaments, confinaments i aleshores abusos i/o tortura, són una constant en aquesta història, i anem veient el perquè.

Una noche venía y miraba las celdas y escogía a una mujer y pedía que se la tuvieran lista para la noche siguiente. Y a la noche siguiente llegaba con dos ramos de flores, siempre flores amarillas, y las colocaba en dos floreros que disponía uno a cada lado de la camilla. Después nos pedía que nos fuéramos. Más tarde, cuando él se iba, teníamos que ocuparnos de los restos. Daba pesadillas el solo imaginar lo que tendría que haber hecho para convertir a una mujer en esa cosa que nos dejaba para limpiar. Porque, más que recoger los restos, lo que teníamos que hacer era limpiar no solamente la camilla sino el patio, todo el patio, como si el cuerpo ya no fuera un cuerpo sino una especie de mugre o de residuo, como un despojo de otra cosa.

Una presó subterrània, una de tantes perquè a Paraguay no poden llençar els dissidents directament al mar com feia la dictadura argentina. Una presó feta per ordre d’Stroessner però l’arquitecte era el pare de George.

El subterrani, allò que passa per sota, una presó que no es veu, com tampoc es veuen els soterranis, soterranis on el pare de George va abusar d’un nano, on Laura Trujillo va estar retinguda nou mesos a Lima, una mena d’aproximació a l’infern però un infern al que hi podem arribar només de baixar uns graons o aixecar una trapa. I la relació George-Raymunda Walsh, una relació que el farà recórrer països, Paraguay-Argentina-Xile.

Y George camina hasta la cama en la que ya está sentado el otro George, y se sienta junto a sí mismo, y en su sueño mira lo que el otro George mira en su vigilia soñada: el cuerpo de Raymunda Walsh, cuyos hermanos han sido asesinados por la dictadura, un cuerpo, piensa George, que es una rebeldía y una sublevación contra todas las formas del mal y del sufrimiento, un cuerpo que es la prueba tangible de que existen el reposo y la belleza del amor en el mundo a pesar de todo el dolor y toda la crueldad. […]

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Lamdda… © stephane, Creative Commons.

La nostalgia y el desaliento se disipan y le da un beso a George en la mejilla mientras la sábana se le escapa de las manos y George ve su cuerpo y confirma que el cuerpo de Raymunda Walsh es una victoria de la hermosura sobre todos los infiernos del mundo y del submundo de todos los infiernos y Raymunda le dice llévame al sótano.

La presó paraguaya on s’està George no deixa de ser una cruel ironia.

Otra cosa curiosa en la que no podía dejar de pensar era que yo estaba en una cárcel en Paraguay mientras mi padre estaba en una cárcel en Warren, Maine, y cuando pensaba en eso, todo parecía simétrico y armonioso, hasta que recordaba que la cárcel donde estaba yo la había construido él, mientras que la cárcel donde estaba él no la había contruido yo, sino alguien más. ¿Pero quién más?, pensaba, y me quedaba dormido tratando de imaginar el rostro de esa tercera persona. Pero la mayor parte del tiempo solo pensaba que la cárcel era una tumba o que era un infierno y que yo solo podía ser un cadáver o un fantasma. Esa es la verdad: Jaime Saenz, Raymunda: estoy muerto, siempre lo supe.

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The spiralling decent © sagesolar, Creative Commons.

A la presó hi ha coses curioses, com les pel·lis que George imagina i projecta tel·lepàticament als altres presoners. Cada presoner amb la seva història, com el que cuinava per Stroessner i planejava com fer-ho per matar-lo i anava provant diferents plats per trobar un plat ideal per l’assassinat del dictador. Unes provatures que criden l’atenció.

Stroessner no solo no me mandó a llamar, sino que un viernes envió a un edecán (con trazas de sicario) a decir que por favor ese cocinero sospechoso acabara con sus mestizajes contranatura, sus androginias subversivas, sus connubios y proxenetismos culinarios, que depusiera su hermafroditismo gastronómico para hacer el favor de hornear cinco pizzas decentes (en lugar de tanto vanguardismo).

Aquest viatge implicarà coses com triar un cotxe, un moment francament divertit amb les característiques del cotxe que necessiten i els consells del venedor que vol vendre com sigui..

Quiero un auto ligero, en el que se pueda escapar de inmediato, dice George. En ese caso, el Opel, dice el hombre. Pero quiero un auto que se pueda estrellar contra otros autos y resista el golpe, dice George. Le conviene el LeMans, sin duda, dice el hombre. Pero quiero un auto en el que pueda espiar una casa sin ser notado, sin llamar la atención, dice George, sin que un carabinero me pregunte qué estoy haciendo ahí, qué estoy planeando. El Opel es el carro para usted, dice el hombre. Pero quiero un auto donde pueda secuestrar a una mujer, atarla de pies y manos debajo de un asiento, y echar a su hijo debajo de otro asiento, y que desde afuera todo parezca normal, que nadie vea nada. Siendo así, el LeMans, dice el hombre, amicalmente. Pero quiero cruzar una frontera sin que nadie me note, con la mujer y su hijo amordazados, un auto irrelevante, que se parezca a todos. Sin duda, ese es el Opel, dice el hombre. Pero además necesito espacio para arrojar en la maletera el cadáver del marido de la mujer, o quizá su cuerpo agonizante, y, en esa hipótesis, no quiero escucharlo patalear y resollar desde adentro, quiero sentir que no está, que ya murió, aunque todavía no haya muerto, no se si me entiende. El LeMans fue prácticamente diseñado para eso, dice el hombre. Ok, entonces, dice George. Me llevo el LeMans. ¿Puedo probarlo antes? Faltaba más, dice el hombre.

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1973 Pontiac LeMans 2-Door Colonnade Hardtop © Alden Jewell, Creative Commons.

Xile, el país de Bolaño, un país segons el Murciélago on hi havia nazis molt abans que a Alemanya i on Pinochet era el més normal i no pas l’excepció. On la història que portem més de 500 pàgines llegint començarà a tancar-se, o a intuir un tancament.

El llibre és sensacional, ara ja sens dubte, i cada poc va deixant anar fragments sensacionals, és difícil triar-ne i una selecció més justa acabaria incloent pràcticament tot el llibre.

Que el escritor  es un ser marginal, un rebelde, un inconforme, un ave de rapiña, un anticristo, un revoltoso, un guerrillero, un antihéroe, un genio maligno que quiere revertir el universo confrontándolo con otro, dicen, en un café de la Rue de Toulon. O que es un monje cenobita, un santón de herbolario, un mártir misantrópico parado en un pie en lo alto de la única columna indemne de un templo incendiado por los hunos, que resiste la embestida de la barbarie armado con un papiro y una pluma de alcaraván, dicen, en un safari en Madagascar. O que es un iluso, un romántico, un asilado en su cosmos interior, un inhibido, un introvertido, un introspectivo con ojos de endoscopio que ha roto amarras con la humanidad, dicen, paseando un poodle bajo la puerta de Alcalá. ¿Cuál de esas cosas era yo? No era ninguna. Yo no escribí para cambiar el mundo, tampoco escribí para que el mundo no cambiara, tampoco escribí para no enterarme de si el mundo cambiaba o no. Simplemente escribí.

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My model for the typewriting photo shoot by my friend Andrea! © Orlando López, Creative Commons.

Potser per posar una pega el final s’arrossega una mica, hi ha molt per tancar i es noten les ganes de fer-ho bé, a consciència, i en una novel·la de més de 600 pàgines tampoc ens podem posar exigents amb la brevetat. I quan el que llegeixo m’agrada tant pràcticament preferiria que no acabés.

No se puede escribir sin matar, la poesía no existe sin la muerte. Los mejores poetas son las peores personas, los mejores poetas son responsables de muchas muertes, operarios de la muerte, son los heraldos negros que nos manda la muerte, solo que, si tú eres el poeta, tú eres el heraldo. Tienes que asumir que es así, acabas odiándote. Cuando eres joven y empiezas a escribir, crees que eres una especie de arquitecto que construye puentes para que la gente los cruce, para que la gente vaya  del lugar desolado donde vive a un lugar lleno de vida donde se abolirá la desolación. Con el tiempo te das cuenta de que no es así. Los puentes que construyes son, inevitablemente, demasiado frágiles. Se rompen apenas alguien trata de cruzarlos. Los ves caer y sabes que el poema que escribiste era una trampa mortal. Después lo haces de nuevo, solo que ahora eres consciente. Ese es tu oficio.

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Mostar © rola balthus, Domini públic.

Llibre sensacional que va de cap a la llista de millors llibres de l’any i perquè no sóc de fer llistes per dècada que també hi entraria. Molt recomanable, molt bon llibre, però molt!

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