Comimos y bebimos: Notas de cocina y vida / Ignacio Peyró

De tant en tant està bé llegir llibres de no-ficció, i com que sóc un panxacontent els llibres de cuina sempre entren bé.

Potser aquest llibre es passa de nostalgia de llocs que ja no existeixen (o de tan exclusius és com si no existissin), i també peca d’excès en tot de coses que són accessòries al menjar però no són menjar. I és fa estrany. Un llibre sobre menjar on apareix poc menjar? No és una crítica en sí, no està ni bé ni malament, però desorienta una mica, això sí. El llibre però té un principi demolidor:

La cocina es una de las mejores maneras que los hombres hemos encontrado para cortejar la felicidad y —por eso mismo— la cocina es también una de las mejores maneras de bendecir la vida y celebrar el acto gratuito de existir. No hacen falta largas cogitaciones para comprobarlo: en el apremio de cada mañana, un desayuno bien fundamento viene a restaurar el orden del mundo como una acotación dichosa, del mismo modo que el resopón del borracho —una pasta, un bocadillo con lo que haya aquí y allá— nos mandará a la cama con el confort del abrazo de una abuela. Hay un automatismo según el cual nuestra biología agradece un chuletón y media botella de vino hasta darnos su equivalente en términos de alegría. Así se instaura una mirada benigna, indulgente, sobre las cosas.

Órgano conservador, el estómago siempre se alimenta del pasado.

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Brighton brasserie2 © Hotel du Vin & Bistro. Creative Commons.

Desde luego, no hay un lugar mejor para santificar las fiestas, para arruinarse con decoro o para que tu amigo el banquero te haga víctima colateral de una buena operación. Frente a las camiserías buenas, en los mejores metros de Jermyn Street, Wilton’s se alza sobre ese tramo de acera en que ya se entrevé el cielo de St. James, y es fácil imaginarlo como capital de un protectorado masculino que, en apenas tres manzanas, ofrece todo lo que le gusta a cierto gremio conservador y gotoso: ostras, caza, comedores tapiados de caoba, puros de antes de Castro y muchachas de después de Gorbachov.

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Booze © Andrew Emerson. Creative Commons.

Con el alcohol, por supuesto, hay que tener cuidado: Benchley dice que vuelve a la gente idiota y que, como la mayor parte de la gente ya es idiota, suele ser un agravante del delito.

En general el to del llibre per mi és una mica massa snob, aquesta mania de parlar de llocs que ja han tancat, de plats que ja no es troben o d’haver anar a restaurants de París quan encara tenia mèrit anar a aquell restaurant concret… joder sembla escrit per algú de setanta anys, però no, l’autor va nèixer el 1980. Això sí, li concedeixo agudesa i certa gràcia en retratar coses.

Nada, sin embargo, parece tan firmemente asentado como el prejuicio según el cual un hombre —»un hombre que se viste por los pies»— bebe cerveza. Cerveza y punto. Beber vino alimenta la suspicacia. Y si el vino es blanco ya implica, directamente, maledicencia y, en algunos casos, rechazo social.

En el imaginario colectivo, en efecto, un señor que bebe vino blanco tal vez se emociona con la ópera, entiende de antigüedades, lee a Marcel Proust, sabe qué son los rododendros y, por las noches, acaricia el lomo de un gato de angora. Se trata, por tanto, de un sujeto equívoco, al menos si es español, pues ya se sabe que los extranjeros son gente de natural excéntrico (aunque no por ello merezcan mayor indulgencia).

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Big bavarian beer © Sebastian Bonholt. Creative Commons.

Anècdotes entretingudes que passen bé, que no tot serà llegir novel·les.

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