Locuras sin fundamento / Andrés Trapiello

Després del primer volum toca posar-se amb el segon, d’aquesta mena de novel·la en marxa (qualificar-ho com a “saga” no m’acaba de convèncer). No sé si això de posar-se amb aquestes coses té gaire sentit, és una mica de lector suicida em sembla.

Un llibre més comencem per any nou recordant la celebració, i com eren abans les celebracions, religioses i rigorosament serioses i castellanes. I a poc a poc Trapiello ens va ensenyant el seu any, a mig camí del recompte i del agradar-se escrivint, una mica com en Josep Pla, cada cop veig més clara aquesta connexió tot i les evidents diferències. Deixo el comentari més valoratiu pel final, prefereixo posar alguns dels molts fragments memorables que hi ha al llibre, no hi són tots i potser els que hi ha no són els millors, però són els que a mi m’han saltat a la cara quan els he llegit.

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Cuddle-SMPLYR © Mrswagger3, Creative Commons.

M. dejó su cabeza sobre mi hombro y se durmió acurmeada, con las piernas encogidas. Se había abrazado a un pequeño cojín que apretaba contra las costillas como para entrar en calor. Yo mismo me quedé dormido un rato. De pronto nos sobresaltaron los bocinazos de un coche. Nos despertamos desconcertados. Alguien venía por la calleja. Pusimos atención y al comprobar que pasaban de largo, respiramos tranquilos. No era tanto por la hora. Ni siquiera porque no hubiéramos sido capaces de sumarnos a una pequeña fiesta inesperada. Temíamos únicamente que aquel interior se fuese a romper. No se puede vivir fuera y dentro al mismo tiempo, hacia adentro y hacia afuera.

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Nichos © Daniel Lobo, Creative Commons.

Cuando imprimíamos los libros de Trieste fuimos alguna vez V. y yo al cementerio de Torrejón, que será el más lamentable cementerio que haya uno visto nunca, y que estaba junto a la imprenta. Íbamos para distraernos un poco. Con eso está dicho todo. En aquel cementerio las flores de plástico olían a colonia de puta y aunque llevaran allí cinco o seis años no habían perdido ni un átomo de ese perfume. Eran flores de un morado y un rosa inefables para nichos que tenían el mármol brillante y recién pulido de los cuartos de baño de los hoteles de carretera.

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Dealing © Seth Sawyers, Creative Commons.

Un amigo lo dice de una manera más gráfica: “Hay quienes tienen nuestras mismas cartas, sólo que las juegan de un modo que a uno le daría un poco de vergüenza”.

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Pretty woman © Yann Cœuru, Creative Commons.

Resulta evidente que está acostumbrada a que los hombres le pongan el mundo a los pies, aunque también en la firmeza de su boca se descubría que es de esa clase de mujeres que jamás se irían con ninguno que cometiera la estupidez de ponerse de rodillas para adorarla. No sería extraño que se hubiera casado sólo para ser infiel a su marido. Por cómo hablaba conmigo y con los otros, se conoce que tiene la humanidad dividida en dos mitades: los que la admiran y veneran, y los que no. A los del primer grupo los despreciaba a todos. A los del segundo, a todos también, menos a los que quiere seducir para, una vez seducidos, incluirlos en el primer grupo.

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Shopping for books, Madrid © La Citta Vita, Creative Commons.

Cuando me dejo las riendas sueltas, las piernas, con un instinto bruto, sin quererlo yo, me llevan a la Cuesta de Moyano, pradera de ricos pastos.

Los árboles del Botánico, que no han florecido todavía, tienen todos sus yemas señalando el cielo, lo mismo que las chicas del instituto Isabel la Católica con las que me crucé, que parece que cuando se cruzan con un hombre hacen un esfuerzo torácico para que sus teticas duras de cabra se marquen bajo la blusa, sin quererlo ellas.

En la caseta de X había mucha gente. Es la caseta que yo prefiero. Me gustan los libros baratos. […] El rito es siempre el mismo. Llega el librero temprano con dos docenas de paquetes de libros, folletos y revistas muy bien atados con cuerda de pita, y allí, a la vista de todos, los desata y los va tirando al tablero. Al principio parecen esos peces que sacan los pescadores del mar, jureles, chicharros, bocartes, pegando saltos de mil demonios en el vientre de las redes colmadas. Todo pescado azul, si se quiere, pero muy nutritivo. […] El librero mira siempre nuestros afanes con una sonrisa muy paternal y absolutoria del hombre que se siente no superior pero sí generoso y comprensivo con las debilidades humanas. […] Un día le oí decir que por sus manos había pasado un millón de libros y traté de imaginar cuánto sería un millón de libros, y no lo pude calcular, pues me perdía a la mitad.[…] Me he vuelto a casa con mi compra debajo del brazo, mirando los botones de los árboles, mirando, sin quererlo yo ni quererlo ellas, los botones pimpantes de las adolescentes, y me ha parecido que una cosa que me ha costado tan barata como ese libro viejo me hace feliz, que ya son ganas de creer en algo.

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Club Antennas © Tony Webster, Creative Commons.

He aquí tres imágenes inapelables de la desolación. Una: ese barracón destartalado que encontramos a un lado de la carretera, con un farolillo rojo en la entrada y otros farolitos azules, amarillos, verdes, rojos, colgando de una cuerda floja, entre dos postes pelados, como una guirnalda; la casita blanca con puerta de aluminio y basuras esparcidas alrededor, dos coches viejos aparcados y un cartel, con caligrafía candorosa, en que se lee desde lejos: CLUB.

Dos: el tiovivo de una feria ambulante.

Tres: recorrer el dial de la radio una tarde de domingo y no encontrar sino resultados de fútbol, locutores enloquecidos, quinielas cifradas… Ese sonido de la radio, ese tedio de domingo, ese olor a coñac barato en el aire y punta de puro habano.

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old roses © liz west, Creative Commons.

Me he encontrado esta mañana sobre la mesa una copa con dos rosas, una carta, unos libros y en el rincón, en su marco oscuro de madera, una foto que nos dice deseos de hace años. De la rosa han caído en el mantel pétalos de otras rosas y de todas las rosas, la carta he olvidado de quién, los libros nunca los leeré y en tu retrato no está mi juventud.

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Femme nue © Claude Robillard, Creative Commons.

Ayer o anteayer me desvelé por el mucho calor que hacía en el dormitorio y fui a la cocina a beber un  vaso de leche fría y otra vez oí ruidos en el patio. M. dormía a mi lado como uno de esos desnudos al carbón que tiene Lautrec, a los que el sueño ha soltado un poco brazos y piernas, sin conseguir nunca descomponer el dibujo, que es un prodigio de sensualidad entre las sábanas.

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diary writing © Fredrik Rubensson, Creative Commons.

Por otra parte siempre he tenido en cuenta estas palabras de Unamuno: “y ¡ojo con caer en el diario! El hombre que da en llevar un diario -como Amiel- se hace el hombre del diario, vive para él. Ya no apunta en su diario lo que a diario piensa, sino que lo piensa para apuntarlo”, que son palabras más que juiciosas.

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Athens № 4 © Sascha Kohlmann, Creative Commons.

Me gustan las ciudades pequeñas porque han conservado un modo de vida parecido al de hace cien años, cuando incluso las ciudades grandes como París o Roma eran pequeñas. En ellas los hombres tal vez no fueran más felices, pero tenían mucho más tiempo para preguntarse por qué.

El llibre va millorant cap a la part final. Com si aleshores l’autor hagués escalfat el suficient i ja es deixés anar, és la impressió que em dóna. No ho he copiat, però el fragment on explica com (i sobretot perquè) son pare juga al set i mig amb tres persones més que no hi són, tot i això reparteix joc per tots i juga per tots… brillant.

Doncs res, ara el proper serà El tejado de vidrio, si els llegeixo a uns dos o tres per any no trigaré a agafar-lo. També espero que els llibres siguin cada més trobables perquè de moment n’hi ha molts molts poquets a la xarxa de biblioteques (aprofito per dir que si l’Editorial Pre-Textos me’ls vol fer arribar podem arribar a un acord, sempre que no tinguin pressa).

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