El gato encerrado / Andrés Trapiello

De vegades m’embarco en coses sense saber massa bé per què, llegir obres o sagues és una d’aquestes coses, i quan vaig veure que algú contraposava amb llibres de Knausgård el que està fent Andrés Trapiello vaig pensar que potser hi hauria de donar una ullada, i si decideixo seguir amb la llarga sèrie doncs ja tinc l’etiqueta posada. I això, i que és un diari, i recentment m’interessen els diaris com a gènere, què hi farem!
Ha estat començar a llegir i veure frases fantàstiques, com qui no vol la cosa. I l’autor abandona el tic dels diaris d’encapçalar cada anotació amb la data. Evidentment està editat però manté aquest to que tenen els diaris, com si l’autor ens estigués explicant alguna cosa en una sobretaula (per no fer servir la suada metàfora de la barra de bar).
Buscar libros hay que hacerlo en ayunas, como los verdugos.
Sin escepticismo no puede escribirse literatura. Sin entusiasmo no podría leerse.
Cuando alguno de esos escritores se sube al minarete y empieza a llorar y a gimotear, me extraña que todos seamos testigos indiferentes del espectáculo. Tienen las planas enteras de los periódicos; la televisión donde indefectiblemente aseguran sentirse solos, incomprendidos, marginados; les editan y les traducen. Para tenerlos contentos los premian. Si encima se van a la cama regularmente con sus amantes y no tienen el hígado podrido, ¿de qué se quejan? ¿Por qué lloran tanto?
Dicen que leer dietarios, memorias y correspondencias es prueba de civilidad y cultura. Una porra. El que crea que la población va a comer más mantequilla y va a ayudar con más frecuencia a pasar la calle a los ciegos por leer a Madame de Sevigné, va aviado. Una de las pocas personas que conozco que haya leído íntegras las cartas de la Sevigné o los centones de Hawthorne o los taccuini de d’Annunzio, lleva mas de veinte años en un trabajo gris y kafkiano. Ahora le tienen de negro en un ministerio, a pesar de que es un escritor de primer orden. Hace informes de proyectos escritos por subnormales, toma café todos los días con administrativas y secretarias que llevan las uñas mal pintadas y cuando llega a casa es el menos civilizado de los hombres. Mataría si supiera cómo. Asesinaría si supiera a quién.
© Cesc Llaverias
A veces oímos que éste o el de más allá llevan un “Diario”. Para algunos los “diarios” son las comisarías donde van a delatar o la checa donde presiden sus ejecuciones particulares.
Tres folios más, pero ya con pocas ilusiones. He comprendido que el mundo lo mueven gentes como Bonaparte, pero el Código Napoleónico lo escribieron funcionarios como yo, escrupulosos y cumplidores.
El mejor momento del día, sin embargo, vino después, hace un rato, cuando he hecho a mis hijos con esas ocho páginas una flotilla de avionetas que volaban de maravilla.
Todos los que ven esas películas se ponen melancólicos porque quisieran fracasar como Bogart en Casablanca para vivir como Bogart en Estados Unidos.
Tot el llibre està farcit d’observacions agudes retratades amb frases brillants. Tant i fa de que parli, en això em recorda a en Josep Pla.
Porque desengañarse de la victoria, como Ridruejo, es algo al alcance de cualquiera con dos dedos de corazón. Lo difícil es olvidarse de la derrota.
A veces me he encontrado con alguien más o menos famoso que dice: “El Quijote” es un tostón. Yo por eso no me ofendo nunca. Al contrario. Sabe uno mejor con quien está tratando.
Algunos creen que la vida no está en los libros. Yo diría que no está más que en ellos: en el Quijote, en Fortunata, en Guerra y Paz, en La Tempestad, en los Cantos. ¿Dónde, si no, está la vida? ¿En la misma vida? Nada hay que se contenga a sí mismo, nos dice el filósofo. Todo lo que de mejor tiene la vida está para que alguien escriba un libro o pinte un cuadro o componga una sonata. Miramos ese esclavo de Miguel Ángel, y comprendemos que es lo único libre, vivo, que ha quedado de aquel tiempo. Eso son los libros: uno de esos lugares donde la vida está a salvo de los sucesivos atropellos.
Aquest fragment em sona perquè si fa no fa jo també he fet números:
Yo tengo echado el siguiente cálculo. Leo todos los días unas dos horas, lo que se dice leer, no trabajar. Soy de los que no lee deprisa: más o menos tardo en leer un libro de unas trescientas páginas unas seis horas, si la cosa se da bien, lo que supone al año  unos ciento veinte libros. Suponiendo que me queden cincuenta años de vida, dejando el cálculo largo, dispongo de unas 36.500 horas de lectura, sin perdonar un solo día. Eso quiere decir que en lo que me queda de vida sólo podré leer unos 6.000 libros. Todo lo que sobrepase esa cantidad se quedará sin leer, al menos por mí. Sin tener en cuenta que mucho de ese tiempo lo dedicaré a las relecturas de libros de 1.000 páginas. De modo que qué hago yo con casi 10.000 libros en casa. Resulta de una candidez babélica.
© Cesc Llaverias
La vida de un escritor grande es una vida llena de libros (propios y ajenos) y unos libros llenos de vida. Desconfía de los escritores que presumen de una vida llena de vida (literaria, social, profesional, nocturna, amorosa), porque lo normal es que toda esa vida te la quieran meter en unos libros llenos de literatura, es decir: ilegibles.
No hay nada que no haya sucedido cien veces. No hay libro que no se haya ya escrito. No hay vida que no se haya vivido.
El escritor que no admita esto se puede ir olvidando. Sólo es capaz de escribir algo nuevo el que admite que todo ha sido dicho ya una vez. En la vida hay pocas maneras de pronunciar unas palabras de amor. Querer ser original en ese terreno es de una soberbia estúpida.
A las feministas les molesta que los hombres sólo miren a las mujeres por su belleza y no por su inteligencia. Yo creo que tienen razón. A mí cuando estoy con dos mujeres no me mira nunca la guapa, sino la que va con ella, esa de la que se dice siempre que es muy buena persona, o muy simpática o que tiene unos ojos muy bonitos.
Yo siempre he visto que las mujeres guapas se iban con los hombres más jóvenes y fuertes o con más carreras o con más dinero, que siempre resultaban más divertidos porque tenían más carreras, más dinero o porque nadaban mejor. En cambio no he visto nunca a una mujer guapa mirando por gusto a un mecánico sólo porque ha descubierto en él la expresión de que se pasa las noches estudiando a Leibniz o recitando a Bécquer.
Després de tota aquesta serie d’extractes ja no queda gaire més per dir, crec que amb calma m’aniré llegint aquesta sèrie. Amb calma i tranquil·litat, que també hi ha la feina per trobar els llibres en qüestió que no es van editar abans d’ahir precisament, però amb això entraríem amb el respecte de les editorials pel seu fons i les dinàmiques de mercat que donaria per tot un altre post.

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